23 enero 2012

Los días extraños

El día que El País pidió la dimisión de Zapatero (The times they are a-changing...) recordé una noticia un poco más antigua sobre la clase política española que creo que merece la pena tener presente. Según un recuento oficial, más de cien candidatos de los que se presentaron a las últimas elecciones -muchos de ellos elegidos, juzgados y condenados-, estaban imputados en causas judiciales por delitos relacionados con corrupción. No se salvaba prácticamente ningún partido, ni siquiera el partido de Carmen de Mairena.

En la primera edición de Gran Hermano recuerdo también que nos dijeron que los concursantes que participaban habían sido seleccionados para formar parte de una muestra representativa de la realidad española y que eran más listos que la media, eso dijeron los creadores del experimento sociológico. Y después resultó que entre ellos había varios que defendían el regreso del regimen franquista y de las diez mujeres que participaron tres, en sus aún jóvenes vidas, habían ejercido la prostitución.

Así que como estoy prácticamente seguro de que el 30% de las mujeres españolas no han sido en algún momento de sus vidas prostitutas y también creo que no hay una gran parte de la población que defienda el regreso de un regimen dictatorial, así, decía, en esta fe mía, me niego a pensar también que la clase política pueda ser tan miserable y en tan gran número. Como en Gran Hermano, en política, me niego a creer que eso que vemos por la tele seamos nosotros.

10 diciembre 2011

Días perdidos en las redes sociales

No sabía que al salir a la calle
iba a ser ya
viejo.
Quería estar en todos los momentos
con todas las personas.

Y de repente, los jóvenes, el nuevo mundo 
estaba fuera.
Todos ellos,
allí
esperando a que acabara esa música tan lenta.

Quise tener todas las edades
y tengo sólo la del odio.


04 junio 2011

¿Está usted feliz?

Imagen: Sanbien


Te acostumbras a todo. El cuerpo se adapta. El ruido repetido termina por acompañar. Los crímenes, las barbaridades, de salir cada día en la televisión se convierten en algo frívolo y sin sustancia. Y así, en ese ambiente enrarecido, uno puede vivir infeliz sin preocuparse, sin que eso sea grave.
Un grupo artístico terrorista puso por las calles pintadas con la siguiente pregunta: "¿Está usted feliz?"
Fue algo realmente atroz hacer que reflexionáramos sobre eso.

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04 mayo 2011

Saint-Malo



Parece que hemos vuelto a casa. Aquí tampoco se paran los coches en los pasos de cebra y, hoy, para mi suerte, ha brillado el sol en la playa. En la ciudad de Chateaubriand, como en todas las ciudades, uno puede encontrar lo que quiera y arreglarlo para sentirse como siempre. Sol, playa y coches que no se paran. Lo viejo es lo nuevo.

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06 marzo 2011

"El ladrón de morfina" de Mario Cuenca Sandoval



Debería escribir una crítica diciendo cómo me ha enganchado el libro y todas las cosas buenas que tiene, pero en vez de eso voy a contar una anécdota que me pasó mientras lo leía -o lo intentaba leer- en un café de Brest que se llama Le Baobab. El café está enfrente del castillo de la ciudad y ese día era la primera vez que entraba. El dueño es un hombre negro de unos cincuenta años con acento de las Antillas o de la Martinica y el sitio, por cómo está decorado, podría ilustrar perfectamente una definición de la palabra kistch en una enciclopedia: luces de navidad todo el año, muebles de skai, vitrinas con porcelana, esculturas africanas, neones, letreros luminosos, mesas de madera maciza y lámparas de los 70, todo junto y sin ningún orden. ¿Quién podría resistirse a entrar?

Un día, serían las seis de la tarde, pasé por la puerta y entré, pedí un chocolate, me senté a una mesa junto a la ventana y al poco de sacar el libro y abrirlo para empezar a leer, el dueño me dio un grito y me dijo que allí no podía estar haciendo eso (no puedo asegurar que no me hubiera dicho lo mismo con otro libro, pero me lo dijo con El ladrón de morfina). Yo al principio me lo tomé a broma, porque no termino de comprender muy bien el humor de los franceses, así que me reí y seguí como si nada. Pero al momento el hombre me volvió a gritar y ya vi que iba en serio. Un poco extrañado, me levanté, recogí las cosas y me fui para la barra para que me explicara. ¿Qué pasa? Entonces el hombre me dijo, intentando ser amable, que en su café no estaba permitido leer y me contó una historia muy extraña: Una vez un hombre había montado una pelea en aquel bar porque estaba leyendo el periódico con los brazos muy abiertos y cada vez que pasaba las hojas le daba golpes a los de al lado, así que desde que eso pasó ya no dejaba a nadie leer allí, ni periódicos ni libros ni nada. Leer causa problemas.

Una lógica así no se puede rebatir. Es demasiado aplastante. Así que no le contesté y me fui.
A pesar de mis esfuerzos, no me terminaba de creer lo que me había contado. Aunque, la verdad, cuando una historia suena tan ridícula, la mayoría de veces suele ser cierta, ¿a quién se le ocurriría contar algo tan tonto si no es verdad? Como vengo de un sitio mucho más prosaico y menos poético que la Bretaña, lo que yo pensé como explicación a todo aquello es que la gente que iba a leer a aquel bar (y a todos los bares) normalmente se pide un café y se tira las horas muertas sin pedir nada más, y el hombre, que lo que quiere es ganar dinero, no quiere que se le llene el café de pseudo-intelectuales que no consumen.
En fin, Brest.

Si esto fuera una fábula de Esopo, debería acabar este relato diciendo: La enseñanza que tomamos de esta historia es que tienes que leer en tu casa y no ir a la casa de los demás a molestar con ese ruido que haces al pasar las hojas. Pero como no lo es, la enseñanza que saco es que merece la pena leer El ladrón de morfina, pero mejor donde no te vea nadie.

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04 marzo 2011

Almería : Universo

Le climat est doux au nord d'Almeria, les grands prédateurs peu nombreux
La possibilié d'une île, MICHEL HOUELLEBECQ


Al final ya ves como somos. Como los perricos, que cuando viene gente nos ponemos contentos y lo mejor que nos puede pasar es que comamos bien y echemos un ratico con quien nosotros queramos. Básicos, que tengamos las necesidades primarias cubiertas y no pasemos ni frío ni calor ni nos duela nada. Y teniendo eso, ya nos inventamos algo para reír y somos felices.


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