22 julio 2008

Almería, crónica personal



Acabo de terminar Almería crónica personal de Antonio Orejudo y no sé si será porque leyéndolo he visto a gente que conozco como si los viera por la tele o por lo fácil que cuenta Orejudo lo que a otros nos cuesta tanto decir, pero me ha encantado.

Será porque tiene esa visión del foráneo que habla como si vivir aquí fuera circunstancial y en cualquier momento fuera a marcharse, pero creo que ha conseguido calar en la esencia de este sitio: aquí son difíciles los cambios. La gente de Almería siempre se queja de lo mal que va todo pero hace más bien poco por cambiar las cosas y son otros los que nos hacen cambiar. Después, al cabo del tiempo, harto de despotricar contra este sitio, uno va de viaje a otras partes y al comparar, surge una especie de orgullo localista ridículo, pero nuestro. Como si habláramos mal de un familiar a otra persona y nuestro interlocutor a cada barbaridad que dijéramos asientiera con la cabeza, hasta que llegado un momento le dijéramos: "¿Tú, qué? ¿Por qué dices que sí? ¿Qué estás diciendo tú de mi familia?"

Así, contradictoria y cerrada, es el alma almeriense. Pero también acogedora, abnegada y amable. Un sitio estupendo para vivir sin prisas. Así somos y así nos retrata este autor, aunque de fuera, también almeriense. La pena es que Orejudo, fabulador, pueda decir la verdad cuando en el libro hace una fiesta de despedida y dice que tiene que marcharse de la provincia. Ojalá que esto no sea más que una apología de la ficción y quiera cerrar el círculo de esta ciudad contada.

Si hay algo que eche en falta es la ausencia de episodios de odios artísticos; es verdad que estos odios no son algo que sólo se dé en el sureste, pero sí que es característico en estas amistades, eso de ser íntimos y al mes siguiente no saludarse y a los dos meses volver a ser inseparables y decir "¿Nosotros? ¿Que nos llevábamos mal, cuándo fue eso?". El personal del título le da la libertad de elegir qué contar y cómo, pero eso y algún comentario benévolo de los camareros de la ciudad es algo que me ha faltado. Quizá habría que pedirle que escribiera una Crónica general.

Una vez le oí decir a Orejudo que en Almería no sabíamos tirar la cerveza, que nos contentábamos con que cayera dentro del vaso, valga pues esta metáfora para retratarnos. También dijo, en la misma entrevista, que en cualquier sitio te pueden decir que los tomates de su tierra son los mejores que existen y a mí me gustaría apostillar que es ridículo que hablen los demás, cuando él y todo el mundo sabe que la variedad de tomate raf que se da en Almería es la mejor que existe.

1 comentario:

javier dijo...

Me ha gustado el libro y me ha gustado tu comentario.

Ese viento inconfundible.

hasta pronto, nos vemos en las cuatro calles.