26 octubre 2007

Demasiado mar. Javier Egea y La Isleta del Moro


Aquí, de tanto mar, de tanto cielo,
tanta espalda alejándose,
se han extraviado los ojos y las manos
y sólo huele a pueblo vacío con el alba,
a ruinas de arena,
a luz deshabitada

Si hay que elegir un sitio para perderse, este es el sitio; el cielo siempre está limpio y la luz parece de propiedad exclusiva. Yo nunca vi una luz tan blanca. Cuando uno llega en coche desde Almería, se va empapando por el camino de esa belleza trágica —afortunadamente ya no tan trágica como la que describió Juan Goytisolo en Campos de Níjar— del parque natural: la tierra semiárida, el amarillo de las matas secas y el rojo apagado de la tierra volcánica. Y el mar. Todo el tiempo el mar.
Justo antes de entrar al pueblo una señal indica la presencia de una vista pintoresca, te pide que tomes distancia y te pares a mirar, para que guardes esta imagen en el recuerdo y la evoques cuando estés lejos y haya ruido.
*
Extraño tanto mar, raro este cielo
desgranado de luz sobre la Isleta

Dejo el coche aparcado en la plaza Virgen del Mar, en el centro del pueblo, y nada más salir, lo primero que veo es una anciana vestida de negro lavando camisas blancas en el lavadero. Sólo con eso ya me doy cuenta de que acabo de entrar en otra época, en una especie de patria mítica, una escala en el viaje de Ulises donde el tiempo se hubiera detenido. Me dejo llevar por la pendiente y al escuchar el ruido de las barcas y el mecerse del pescado puesto a secar en los tenderetes, me da la impresión de que nada de lo que existe aquí pudiera cambiar nunca. Todo esto es más alegre los meses fuertes de verano —me dicen—, se llena esto de gente y eso siempre da alegría.

Yo he preferido venir a pasear hoy, cuando ya no es temporada y no hay tanta gente. En esta mañana inestable antes de que empiece el otoño, nadie podría decir que no hay alegría, por poca gente que haya en la calle. Lo peor de aquí es el viento —me siguen contando—, que cuando empieza ya no hay quien lo pare. Yo he tenido suerte, hoy sopla una brisa agradable que me acompaña en el camino, aunque otras veces este viento sea capaz de despertar el peor humor en el más tranquilo.

Con esta calma, desciendo la escalinata de la playa del Peñón Blanco para sentarme en la arena a contemplar el ritmo tranquilo del Mediterráneo. No me equivoco, este mar es el mío. Tiene sus arrebatos pero es tranquilo. Y ni Belmondo en Capri tomándose un martini en la terraza de su hotel podría ser tan elegante como yo en esta playa, con mi camiseta de propaganda, mi pantalón corto y un termo de leche con chocolate.

En medio de un tropel de gaviotas
con el primer embate de un poniente marino

Sutil y educado, a este pueblo todo el mundo lo llama La Isleta del Moro. El Moro es por el Moro Arráez (que significa Capitán) y que fue el primero en instalarse a vivir aquí allá por el siglo XIX, y la Isleta es por ese islote que hay junto al pueblo en el mar. Eso, me digo, hay que verlo de cerca, así que bordeando la orilla me acerco hasta la Punta Isleta, un peñón señorial que se enfrenta en un duelo a la misma altura a la Isleta de afuera y al que presiden cientos de gaviotas. Al llegar a la cumbre, la sensación es peculiar. Todos los azules se juntan y uno tiene la sensación de pertenecer a un mundo extraño. Girando la cabeza está el mar y el desierto, y si vencemos el vértigo, desde arriba se puede ver en la falda del peñón un refugio natural y un pequeño embarcadero medio derrumbado por la fuerza del mar, aunque suene a tópico, uno se da cuenta viendo esto de qué gran verdad es eso de qué poco somos cuando el mar quiere. Junto al embarcadero alguien se entretuvo en tallar en la piedra un banco y una mesa.

¿Quién hubiese pensado que en medio del desierto
florecería la curva desnuda?

A este pueblo vino a parar el poeta Javier Egea, sin buscarlo se encontró con este mar, demasiado mar, y aquí le contaron la historia de La Nube, una tempestad que llega de cuando en cuando sin avisar desde África. La leyenda dice que pueden pasar muchos años pero La Nube siempre vuelve y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Él llegó aquí huyendo, tratando de superar una crisis personal y La Nube se convirtió en un presentimiento de algo terrible. Tarde o temprano algo inevitable iba a arrasar con todo. Pero mientras tanto, él iba a esperar aquí y aquí tuvo que ser necesariamente feliz.

Pretendieran tus ojos estos mares felices,
esta orilla encendida.
Pretendiera esta luz tu corazón viajero.

Al bajar la cuesta, atravieso el encantador desorden de las casas y me voy acercando hasta el mirador, que está justo al otro lado del pueblo; las distancias aquí son muy pequeñas y en diez minutos se puede cruzar de punta a punta, a pesar de las nuevas construcciones y del empeño de algunos en que todos los pueblos de costa sean como Benidorm. Bordeo un pequeño espigón quebrado que intenta hacerle frente al mar y llego a la plaza del pueblo. En esta plaza se instala la orquesta cuando son las fiestas y toca hasta que sale el sol y la gente se cansa, que suele ser ya bastante de día. ¿Otra más? —dicen siempre los músicos—. No tenéis hartura, muchachos.

Subo por unas escaleras que hay detrás de una casa y llego hasta otra cuesta que me lleva al mirador. Al ver estas casas no puedo evitar acordarme de esos pueblos pesqueros de las películas italianas, de El cartero y Pablo Neruda o de Stromboli, con sus paredes blancas con redes colgadas en las puertas y las barcas en la playa, tumbadas boca abajo sobre los chinorros. La patria mediterránea. Desde arriba en el mirador se ve el mar y la playa de Los Escullos a uno de los lados.

Tanto mar y de golpe,
tanta historia y vencida,
ya corazón mojado sobre el abra,
ya mensaje dormido, preterido,
en la Bahía de los Genoveses

Y aunque este sol y esta brisa sean lo mejor que me vaya a pasar en mucho tiempo, tengo que irme. Ya recordaré y haré una imagen aún mejor de este sitio en mi cabeza. Y un día vendré con más tiempo, me digo, y hasta quizá venga para quedarme. Javier Egea recuerda su tiempo en La Isleta como un periplo de purificación interior, yo, con estar así de tranquilo, me conformo.

Será que aquella Isleta
me fue poniendo al día los ojos interiores,
clavó en mi rostro su aguijón marino,
apuñaló la herrumbre de mi vientre
y fue sacando al sol
trapos sucios, camino, sangre seca, basura.


—————
*Todas las citas son del libro Troppo mare, de Javier Egea. Publicado en la editorial Dauro, Granada, año 2000.
Este artículo está publicado en la revista El coloquio de los perros: http://www.elcoloquiodelosperros.net/vidriera18cur.htm


7 comentarios:

hombredebarro dijo...

La Isleta del Moro, Los Escullos, el fin del mundo que tuve la suerte de recorrer a pie. Y la poesía de Javier Egea que nunca leo si estoy allí. Gracias por ponerme de nuevo su sabor en los dedos.

Álex Chico dijo...

Pequeño guiño en mi blog. Enhorabuena,perdón:gracias, por acercarme allí de nuevo.

manuespada dijo...

Tomo nota de todo, dan ganas de ir ahora mismo. Un saludo desde la espada.

txe dijo...

un país (transido de luz) en la mochila

Anónimo dijo...

pasaba por aquí y sólo un apunte, me he acordado de este texto al leer el suyo, pongo el enlace: http://www.cabodegata.net/esecovop.html

B.C.M. dijo...

Tengo entendido que ha publicado usted otro libro. Esta vez no va usted a librarse de venderme y firmarme un ejemplar. Así, las noches tristes que paseen Bcn podré abrazar el libro y pensar, a modo de consuelo:

Yo soy amigo del señor Curri

Y entonces a mi cabeza volverá ese aliento del mundo, esa luz en mitad de las tinieblas, ese sortilegio al que usted juró fidelidad absoluta:

Tu vales mucho!

P.D: Le esperamoscon ansiedad en Barna. Un saludo

srcurri dijo...

.Hombredebarro, como decía esa canción de REM "Es el fin del mundo tal y como lo conocemos y yo me siento bien". Esperemos que la especulación urbanística no acabe con aquello. Un saludo y gracias por venir.

.Álex Chico, ¡gracias por tu pequeña reseña! Vaya, me siento un tío importante...

.ManuEspada, me alegro mucho de haberte dado ganas de pasarte por allí. Merece la pena, de verdad.

.Txe, el país y todo lo que uno pueda meter en la mochila... De lo que todo el mundo habla cuando pasa por allí es de la luz, de cómo esa luz blanca está presente en todas las cosas.

.Anónimo, estupendo el artículo de Miguel Galindo. No lo conocía, pero dale mi enhorabuena. En las tesis siempre se hace un trabajo de campo para ver si lo que investigas tú lo ha investigado otro ya antes. Yo no hice ese trabajo antes de hacer este artículo, si no, es posible que hubiera elegido otras citas literarias. Por lo demás, los dos artículos creo que se complementan. Uno más crítico y literario, y otro más personal. Un saludo y gracias por la observación.

.B.C.M., señor Criado, es un placer volver a encontrarle. Desde la repentina desaparición de su blog borgiano y su correo electrónico, sus ciberamigos estábamos preocupados. Sabíamos que llegaba a barcelona para empezar una nueva vida y quería dejar atrás todo lo demás. Como en una canción de Karina, quería usted comenzar en un mundo nuevo, ojalá que lo haya conseguido.

Como usted ya sabe cómo encontrarme, escríbame a mi e-mail y le haré llegar con sumo gusto el nuevo libro que he preparado para que le eche un vistazo. Añadiré una foto para personalizar su portada que le va a hacer mucha gracia, sale usted posando y parece un poeta.
Si todo va bien, iré a bcn a ver a Robert Smith.
Un abrazo.