11 marzo 2007

El viaje

9 de febrero de 2007

Como los buenos niños chicos, los que no dan la lata y se callan, he tomado la costumbre -cada vez que me subo a un tren o un autocar- de quedarme dormido. Saco mi libro o mi tebeo y a los diez minutos de movimiento ya empiezo a notar la somnolencia. Aguanto un poco porque quiero seguir leyendo o, a veces, mirar por la ventana esas llanuras verdes salpicadas de casas de la pradera, pero el sueño es irremediable. Cierro los ojos y a los pocos segundos ya estoy dormido. Duermo, pero cada vez que el maquinista anuncia una estación, me despierto sobresaltado pensando que ya es la mía.
Cuando se me pasa la impresión y vuelvo a situarme en el espacio y en el tiempo, pienso que aún falta mucho para llegar, y me alegro de poder volver cerrar los ojos y dormirme.

4 comentarios:

Arcángel Mirón dijo...

Eso me pone nerviosa. Nunca te pasaste?

Astilla dijo...

dormir en carretera. De mis placeres culpables que me hacen más rica la vida.
Porque no es lo mismo qeu dormir a pierna suelta en un hotel o en una hamaca. Dormir sobre el pavimento, deslizarte en tus sueños junto con él, no se compara a nada.
Un abrazo

srcurri dijo...

.Arcángel, siempre tengo suerte y cojo los trenes que acaban en -o con- mi destino. Juego con ventaja, y me sobresalto sólo por costumbre. Es posible que no me duerma ya cuando no sea mi parada la última. Saludos!

.Astilla, dormir en el camino, para que la transición sea menos y saber cuando te despiertas que vas de camino a otra parte. Es estupendo, yo también lo pienso. Un abrazo.

Mari Carmen dijo...

Yo no duermo jamás durante un viaje. Ni siquiera cuando viajo en avión y bajo las alas tan sólo se desliza una Antártida de nubes. No. No puedo dormir. Si lo hiciera -pienso- estaría desperdiciando un tiempo precioso de encantamiento.

Saludos,